La vida te da lecciones. Hasta ayer he odiado a mis pasajeros americanos. Serán gente honrada y de buen corazón, pero como pasajeros es lo peorcito que existe: exigentes, ruidosos, mal educados, bocazas, egocéntricos… Bueno eso fue hasta ayer, cuando volviamos de Los Angeles. Estaba yo trabajando en el piso de arriba del 747, la “terraza de primera clase”, como la llamo yo, y estaba a cargo de mis 10 pasajeros de clase business. Entre ellos había una pareja de americanos típica: obesos los dos que casi ni cabían en el asiento, con muy poca clase y menos estilo a pesar de volar en primera. Ella, supuestamente “doctora”, con un pelucón enorme pelirojo al estilo Dallas ochentero que ni siquiera estaba de moda por entonces. Él con sus pantalones vaqueros feos de los que suben hasta el ombligo, camiseta de algodón, botas de cowboy, gorra de los L.A. Angels… vamos la típica pareja de yankees de los que te hacen chirriar los dientes al verlos subir a bordo.
Y como tengo muy buen ojo, yo ya sabía que me iban a hacer ganarme el jornal… champán, agua mineral con gas, una almoada, un menú, una tarjeta de inmigración, otra tarjeta de inmigración que me he equivocado, que cómo se ponen las películas, que si puedes preguntar al capitán qué tiempo hace en londres, me puedes bajar mi mochila, que si dónde están los baños, un bourbon con hielo, otro por favor, qué vinos tienes, dame esto, dame lo otro, y más, y más, y más… y así durante 11 horas y 35 minutos de vuelo sin parar.
Yo, que soy muy profesional y bien educado, sin ningún problema les atendí en todo lo que me pidieron. Habíamos terminado ya el servicio de desayuno antes de aterrizar en Heathrow cuando mi sobrecargo vino a la galera a decirme que el señor Petersen estaba muy impresionado conmigo y mi servicio. “Mira, por lo menos parecen agradecidos”, pensé, y a pesar de haberme echo ganarme el jornal céntimo a céntimo, les regale unas muestras de aceite de oliva de Nueva Zelanda que ofrecemos en primera clase, ya que a la doctora Sumner le había gustado muchísimo. “¡Oh, Dios, mio! Eres un cielo…”, gritaba cuando le presenté el suvenir.
Aterrizamos, desarmamos rampas y al despedirnos vinieron a darme las gracias. “Amazing service!”, me decían. “Me alegro de que se lo hayan pasado bien”, les dije. Y al darme la mano la doctora Sumner me dió noté que me daba un papel, y al mirar vi la cara de Sir John Houblon en rojo, lo cual sólo podía significar una cosa. “No, no, de verdad, no tienen porqué…”. “Insistimos”, me decían, “ha sido el mejor vuelo que hemos tenido nunca”. Y es que oficialmente no podemos aceptar propinas, y esto va escrito en nuestro contrato, y me puedo meter en un lio, pero como al desembarcar estaba yo solo en la cabina y ninguno de mis compañeros nos había visto, trás, en medio segundo me lo metí al bolsillo y a chitón, la burra callando, mi cuenta bancaria tintineando, ja ja ja…
Y así me gané 50 libras extra, unos 60 euros, como 10.000 de las antiguas pesetas, o 2800 Baht tailandeses (y eso es mucho Baht…), lo cual me van a venir de lo lindo en mi próximo viaje a Thailandia.

Ama a tus amigos y más a tus enemigos… 50 libras es mucho Baht tailandés